Mi amiga Carmen acaba de volver de viaje y yo le copio su crónica como está mandao.
Cuando uno aterriza después de nueve horas de vuelo transoceánico, después de un vuelo previo para llegar a Madrid, llevando más de veinte horas en vela, de lo único que se tiene ganas es de comer un poco y echarse en una cama cuanto antes. Además, si vas vestido de estación equivocada, la sensación es, cuanto menos, molesta.
Cierto es que el recorrido a través del hotel por lo que se adivinaba un magnífico jardín, que en realidad era un pedazo de selva adoptada, el calor húmedo después del impertinente aire acondicionado del autocar y la sensación de que el mar estaba rompiendo a pocos metros de allí, aliviaba mucho la situación y, en mi caso, calmaba el desorden físico general.
El amanecer en Costa do Sauípe acontece a eso de las cinco y media de la mañana y además de la luz que se filtraba por las cortinas, había algo más que debí de detectar aquella noche y que mis ojos se impacientaban por conocer. Me levanté a las seis de la mañana y contemplé el impresionante espectáculo que se divisaba desde la terraza de la habitación: palmeras, arbustos con flores de vivísimos colores, más palmeras, árboles distintos, más allá una especie de lago con nenúfares, al fondo el azul de la enorme piscina, cantos de pájaros diversos y, allí, a la izquierda, sin darse importancia, el mar con su impetuoso oleaje poniendo el perfecto sonido de fondo para guardar en la banda sonora de la vida.
El entorno protegido de Praia do Forte invita al disfrute de las cosas simples de la vida. Pero uno no se hace miles de kilómetros para estar tumbado en una hamaca al lado de la piscina o la playa…, o sí, por qué no; hay viajes que recuperan, que reparan, que reconstruyen. Quizás a veces sí es necesario hacer muchos kilómetros para reencontrarte con ese alguien que eras y que hay que seguir siendo sin interferencias. Y esto sí que es una interferencia en la crónica, vaya.
La luz del sol hace brillar cualquier paisaje, pero la luz de la noche aporta un ambiente especial y mágico para cualquier escenario. Y hay pocos escenarios que se puedan comparar al de la danza-lucha de la capoeira en el claro de la selva frente al castillo de García Dávila. Fascinada por el espectáculo de los danzantes, fui incapaz de manejar la cámara para sacar alguna foto decente, pero en mi memoria están con la luz y el tiempo de exposición perfectos. En este viaje he hecho pocas fotos, quizá estoy volviendo a aprender a disfrutar de las cosas sin la necesidad imperiosa de buscar el mejor encuadre; disfruto simplemente del momento.
La visita a la primera capital de Brasil me supo a poco. Salvador de Bahía es una ciudad en dos alturas cuyo empedrado de las calles te impide ir deprisa para poder apreciar las casonas del barrio del Pelourinho, los sonidos de tambores en cualquier esquina y la vida que late a cada paso. Sus iglesias barrocas, con la abigarradísima Catedral Basílica al frente, compiten con las fachadas de colorines de las casas de abrumadora belleza un tanto decrépita, pero igualmente fascinante. Tanta iglesia no pudo con el animismo africano hábilmente ocultado bajo las imágenes de los santos, los orixás, que han conseguido que el candomblé sea algo más que una religión una forma de unir más a la gente, además del carnaval bahiano, pura explosión de alborozo. Aunque siempre cabe pensar que si esa alegría no es sólo un disfraz de la melancolía o el banzo “esa molestia extraña, una especie de locura nostálgica o vocación de suicidio que abruma a los negros trasterrados”.
Bahía es una ciudad para volver. Me llevo su sabor a caipirinha, su olor a naturaleza nueva y sus sonidos de tambores y berimbau (metalizado o no